GRACIAS POR TU VISITA

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jueves, 5 de marzo de 2015

EL ESPANTAJO PELUDO

El espantajo peludo

Hubo una vez un granjero llamado Tomás que compró una tierra a un precio bajísimo.

-Parece demasiado barato -dijo Berta, su esposa-. ¿No crees que puede haber algún truco?
-Claro que no, mujer-respondió Tomás-Se trata de un buen terreno. Y es mío. ¡Todo mío!
-¡Mío, quieres decir!
Tomás y Berta al oír estas palabras volvieron la cabeza y se quedaron pasmados al ver un enorme tipo peludo, parado a unos cuantos metros. Sus ojos parecían inyectados de sangre y su nariz era tan roja y redonda como una remolacha. Unas largas y puntiagudas orejas asomaban entre sus pelos, tiesos como las púas de un erizo. Le cubrían unas barbas tan enmarañadas como las matas de espino.
Vestía una ropa andrajosa y por los agujeros de sus harapos asomaban las rodillas y los codos llenos de pelos. En verdad nunca habían visto nada parecido, con aquellos brazos tan largos y los puños grandes como nabos.
-¡Fuera de mi terreno! -gritó, agitando sus brazos como las aspas de un molino.
-¿Su terreno?-dijo Tomás, dirigiéndose al personaje.
-Eso he dicho: mi terreno. Un terreno que antes de ser mío fue de mi padre, y del padre de mi padre y...
-Usted bromea -dijo Tomás-. Pagué mi buen dinerito por este terreno y firmé la escritura.
-¡Tú lo que tienes que hacer es largarte! ¡Yo estaba aquí primero! -vociferó el espantajo lleno de rabia.
-Bueno, pues ahora soy yo el que está aquí -respondió Tomás-. Esta tierra es mía.
Se quedaron frente a frente. A juzgar por sus miradas desafiantes, ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder.
Entonces Berta dijo:
-Se me ocurre una idea. Tú, Tomás, plantas y él recoge la cosecha. Luego la repartís entre los dos.
-Hum... De acuerdo -dijo el tipo.
Tomás no veía claro por qué iba a tener que hacer él todo el trabajo, y al final darle la mitad al otro. Pero Berta le hizo un gesto con la mano para que se callara.
-Vamos a ver, señor espantajo, ¿qué parte quiere usted de la cosecha, la de abajo o la de arriba?
-¿Qué, qué, qué?
-Quiero decir si prefiere la parte que crece por encima de la tierra o la que crece por debajo. Lo uno o lo otro. Rápido. Decida.
-Oh, yo quiero la parte de arriba, naturalmente. Vosotros os quedaréis con las raíces.
La sorpresa del espantajo se convirtió en carcajada limpia cuando sellaron con un apretón de manos el mutuo acuerdo.
-¡Formidable! -dijo Berta mientras se dirigían a casa- Lo que tienes que hacer ahora es plantar patatas.
Y eso hizo Tomás: aró el campo y plantó patatas. Arrancó las malas hierbas y cada día observaba cómo iban creciendo las matas verdes. Cuando llegó la época de la recolección, el peludo espantajo apareció por allí y exigió su parte.
-Ahí la tiene -exclamó Tomás- La parte de arriba es suya. Hermosas plantas de patatas que sirven para..., bueno, usted verá lo que hace con ellas. Las patatas son para mí.
El espantajo peludo
-¡Tunante! ¡Tramposo miserable! -rugió el tipo aquél-. ¡Esto no es honrado! Te voy a...
-Un trato es un trato. Llévese la parte de arriba del patatal y déjeme en paz.
El peludo gigantón echaba humo de rabia. Pensaba... "¡Humpf! ¡Vas a ver lo que es bueno la próxima vez!"
Entrando en la conversación, Berta le preguntó: -¿Qué quiere el próximo año, la parte de arriba o la de abajo? Usted vuelve a escoger.
-¡La parte de abajo, desde luego! ¡La próxima vez vosotros os quedaréis con la de arriba!
Dejando esto bien claro se fue en medio de una gran pataleta.
-¿Qué haremos ahora? -preguntó Tomás.
-Planta cebada, querido. Ya veremos qué hace el espantajo peludo con las raíces de la cebada.
Así pues, en cuanto terminó de recoger las patatas, Tomás preparó el terreno y sembró cebada. Removió la tierra, la regó y cuando llegó la primavera aparecieron los verdes tallos que se transformarían después en una alfombra de oro. Llegado el momento de la recolección, el espantajo se presentó para llevarse la mitad de la cosecha.
-Ahí la tiene -dijo Tomás-, para mí la parte de arriba y para usted las raíces.
El peludo soltó un alarido feroz.
-¡Has vuelto a engañarme, miserable enano! Te voy a...
-Calma, calma -gritó Tomás-. Un acuerdo es un acuerdo.
-Muy bien, granjero, de nuevo has ganado. Pero el año próximo nos repartiremos la parte de arriba de las mieses. Porque plantarás trigo. Y cuando llegue el momento de la recolección, nos pondremos los dos a segarlo. Tú empezarás por la parte norte del terreno y yo comenzaré por la parte sur. Cada uno nos quedaremos con todo el trigo que seamos capaces de segar.
Tomás miró detenidamente los largos brazos de aquel tipo y se dio cuenta de que jamás podría cortar el trigo con la rapidez del gigantón.
-No, no hay trato -dijo Tomás.
-O aceptas o lucharás conmigo a muerte -gruñó el espantajo, alzando sus brazos peludos por encima de la cabeza y pataleando torpemente con sus enormes pies.
Conteniendo la risa, Tomás exclamó:
-¡Qué terrible espectáculo! Por favor, nada de peleas. No me gustaría hacerle daño...
Chocaron sus manos para cerrar el trato y el espantajo se marchó entre grandes risotadas.
Tomás contó a Berta lo ocurrido.
-¡Tiene unos brazos muy fuertes! Cortará diez veces más trigo que yo. Lo siento, pero esta vez estamos perdidos.
Berta se puso a pensar.
-Imagínate que ciertas espigas de trigo crecen con unos tallos más duros que los otros -dijo, al cabo de un minuto-. En tal caso, una de las guadañas se mellará mucho más de prisa que la otra.
Y le explicó su plan.
-¡Eso! -respondió Tomás- ¡Me alegro de que ese tipo no tenga una mujer tan lista como tú!
Tomás labró la tierra y la sembró de trigo, y vio cómo crecía y crecía, alto y dorado. Un poco antes de la siega, compró unas varillas de hierro y por la noche se acercó sin hacer ruido a la parte de terreno que correspondía segar al espantajo. Allí clavó las varillas en el suelo entre los tallos de trigo.
El día de la siega llegó, y apareció el espantajo, empuñando una guadaña en cada una de sus manazas. Tomás se puso a cortar trigo por la parte alta del terreno, y el espantajo por la parte baja. Tomás movía en círculo su guadaña con rápidos y amplios braceos y en torno a él caía el trigo dorado. En cambio el espantajo cortaba y golpeaba, sudaba y juraba, y pronto se detuvo.
El espanjo peludo 3
-¡Mira qué duros son los tallos de trigo por esta parte del terreno! -gritó.
-Pues por esta otra, no hay ningún problema -señaló Tomás.
El espantajo era tan tonto que no se había fijado en las varillas de hierro. Afiló las dos guadañas y la emprendió de nuevo a golpes con el trigo. De vez en cuando se paraba y secaba el sudor de su frente. No paraba de refunfuñar.
-Estoy agotado de cortar este trigo.
-¿De veras? ¡Qué gracia! Yo me siento tan fresco como una rosa -decía Tomás, complacido.
El espantajo lo intentó de nuevo. Lanzaba las guadañas en todas direcciones, pero cada golpe las volvía más romas y melladas. Hasta que, furioso, las arrojó al suelo y gritó con gran voz: -¡Quédate con tu birria de terreno! ¡No vale la pena!
De una zancada saltó la cerca y corriendo como un gamo se perdió en la lejanía. Desde entonces, nunca, nunca jamás el espantajo peludo volvió a molestar a Berta y Tomás.

EL COCINERO DEL ARZOBISPO

CUENTOS ANDALUCES


En los buenos tiempos antiguos, cuando estaba poderoso y boyante el Arzobispado, hubo en Toledo un Arzobispo tan austero y penitente, que ayunaba muy a menudo y casi siempre comía de vigilia, y más que pescado, semillas y yerbas.
Su cocinero le solía preparar para la colación, un modesto potaje de habichuelas y de garbanzos, con el que se regalaba y deleitaba aquel venerable y herbívoro siervo de Dios, como si fuera con el plato más suculento, exquisito y costoso. Bien es verdad que el cocinero preparaba con tal habilidad los garbanzos y las habichuelas, que parecían, merced al refinado condimento, manjar de muy superior estimación y deleite.
Ocurrió, por desgracia, que el cocinero tuvo una terrible pendencia con el mayordomo. Y como la cuerda se rompe casi siempre por lo más delgado, el cocinero salió despedido.
Vino otro nuevo a guisar para el señor Arzobispo y tuvo que hacer para la colación el consabido potaje. Él se esmeró en el guiso, pero el Arzobispo le halló tan detestable, que mandó despedir al cocinero e hizo que el mayordomo tomase otro.
Ocho o nueve fueron sucesivamente entrando, pero ninguno acertaba a condimentar el potaje y todos tenían que largarse avergonzados, abandonando la cocina arzobispal.
Entró, por último, un cocinero más avisado y prudente, y tuvo la buena idea de ir a visitar al primer cocinero y a suplicarle y a pedirle, por amor de Dios y por todos los santos del cielo, que le explicara cómo hacía el potaje de que el Arzobispo gustaba tanto.
Fue tan generoso el primer cocinero, que le confió con lealtad y laudable franqueza su procedimiento misterioso.
El nuevo cocinero siguió con exactitud las instrucciones de su antecesor, condimentó el potaje e hizo que se le sirvieran al ascético Prelado.
Apenas éste le probó, paladeándole con delectación morosa, exclamó entusiasmado:
- Gracias sean dadas al Altísimo. Al fin hallamos otro cocinero que hace el potaje tan bien o mejor que el antiguo. Está muy rico y muy sabroso. Que venga aquí el cocinero. Quiero darle merecidas alabanzas.
El cocinero acudió contentísimo. El Arzobispo le recibió con grande afabilidad y llaneza, y puso su talento por las nubes.
Animado entonces el artista, que era además sujeto muy sincero, franco y escrupuloso, quiso hacer gala de su sinceridad y de su lealtad y probar que sus prendas morales corrían parejas con su saber y aun se adelantaban a su habilidad culinaria. El cocinero, pues, dijo al Arzobispo:
- Excelentísimo señor: a pesar del profundísimo respeto que V. E. me inspira, me atrevo a decirle, porque lo creo de mi deber, que el antiguo cocinero lo estaba engañando y que no es justo que incurra yo en la misma falta. No hay en ese potaje garbanzos ni habichuelas. Es una falsificación. En ese potaje hay albondiguitas menudas hechas de jamón y pechugas de pollo, y hay riñoncitos de aves y trozos de criadillas de carnero. Ya ve V. E. que le engañaban.
El Arzobispo miró entonces de hito en hito al cocinero, con sonrisa entre enojada y burlona, y le dijo:
- ¡Pues engáñame tú también, majadero!

ALIBABA Y LOS 40 LADRONES

Alibaba y los 40 ladrones
Alibaba y los 40 ladrones
Alí Babá era un pobre leñador que vivía con su esposa en un pequeño pueblecito dentro de las montañas, allí trabajaba muy duro cortando gigantescos árboles para vender la leña en el mercado del pueblo.
Un día que Alí Babá se disponía a adentrarse en el bosque escuchó a lo lejos el relinchar de unos caballos, y temiendo que fueran leñadores de otro poblado que se introducían en el bosque para cortar la leña, cruzó la arboleda hasta llegar a la parte más alta de la colina.

Una vez allí Alí Babá dejó de escuchar a los caballos y cuando vio como el sol se estaba ocultando ya bajo las montañas, se acordó de que tenía que cortar suficientes árboles para llevarlos al centro del poblado. Así que afiló su enorme hacha y se dispuso a cortar el árbol más grande que había, cuando este empezó a tambalearse por el viento, el leñador se apartó para que no le cayera encima, descuidando que estaba al borde de un precipicio dio un traspiés y resbaló ochenta metros colina abajo hasta que fue a golpearse con unas rocas y perdió el conocimiento.
Cuando se despertó estaba amaneciendo, Alí Babá estaba tan mareado que no sabía ni donde estaba, se levantó como pudo y vio el enorme tronco del árbol hecho pedazos entre unas rocas, justo donde terminaba el sendero que atravesaba toda la colina, así que buscó su cesto y se fue a recoger los trozos de leña.


Cuando tenía el fardo casi lleno, escuchó como una multitud de caballos galopaban justo hacia donde él se encontraba ¡Los leñadores! - pensó y se escondió entre las rocas.
Al cabo de unos minutos, cuarenta hombres a caballo pasaron a galope frente a Alí Babá, pero no le vieron, pues este se había asegurado de esconderse muy bien, para poder observarlos. Oculto entre las piedras y los restos del tronco del árbol, pudo ver como a unos solos pies de distancia, uno de los hombres se bajaba del caballo y gritaba: ¡Ábrete, Sésamo!- acto seguido, la colina empezaba a temblar y entre los grandes bloques de piedra que se encontraban bordeando el acantilado, uno de ellos era absorbido por la colina, dejando un hueco oscuro y de grandes dimensiones por el que se introducían los demás hombres, con el primero a la cabeza.
Al cabo de un rato, Alí Babá se acercó al hueco en la montaña pero cuando se disponía a entrar escuchó voces en el interior y tuvo que esconderse de nuevo entre las ramas de unos arbustos. Los cuarenta hombres salieron del interior de la colina y empezaron a descargar los sacos que llevaban a los lomos de sus caballos, uno a uno fueron entrando de nuevo en la colina, mientras Alí Babá observaba extrañado.
El hombre que entraba el último, era el más alto de todos y llevaba un saco gigante atado con cuerdas a los hombros, al pasar junto a las piedras que se encontraban en la entrada, una de ellas hizo tropezar al misterioso hombre que resbaló y su fardo se abrió en el suelo, pudiendo Alí Babá descubrir su contenido: Miles de monedas de oro que relucían como estrellas, joyas de todos los colores, estatuas de plata y algún que otro collar... ¡Era un botín de ladrón! Ni más ni menos que ¡Cuarenta ladrones!.
El hombre recogió todo lo que se había desperdigado por el suelo y entró apresurado a la cueva, pasado el tiempo, todos habían salido, y uno de ellos dijo ¡Ciérrate Sésamo!
Alí Babá no lo pensó dos veces, aún se respiraba el polvo que habían levantado los caballos de los ladrones al galopar cuando este se encontraba frente a la entrada oculta de la guarida de los ladrones. ¡Ábrete Sésamo! Dijo impaciente, una y otra vez hasta que la grieta se vio ante los ojos del leñador, que tenía el cesto de la leña en la mano y se imaginaba ya tocando el oro del interior con sus manos
Una vez dentro, Alí Babá tanteó como pudo el interior de la cueva, pues a medida que se adentraba en el orificio, la luz del exterior disminuía y avanzar suponía un gran esfuerzo.
Tras un buen rato caminando a oscuras, con mucha calma pues al andar sus piernas se enterraban hasta las rodillas entre la grava del suelo, de pronto Alí Babá llegó al final de la cueva, tocando las paredes, se dio cuenta que había perdido la orientación y no sabía escapar de allí.
Se sentó en una de las piedras decidido a esperar a los ladrones, para poder conocer el camino de regreso, decepcionado porque no había encontrado nada de oro, se acomodó tras las rocas y se quedó adormilado.
Mientras tanto, uno de los ladrones entraba a la cueva refunfuñando y malhumorado, pues cuando había partido a robar un nuevo botín se dio cuenta de que había olvidando su saco y tuvo que galopar de vuelta para recuperarlo, en poco tiempo se encontró al final de la sala, pues además de conocer al dedillo el terreno, el ladón llevaba una antorcha que iluminaba toda la cueva.
Cuando llegó al lugar en el que Alí Babá dormía, el ladrón se puso a rebuscar entre las montañas de oro algún saco para llevarse, y con el ruido Alí Babá se despertó.
Tuvo que restregarse varias veces los ojos ya que no cabía en el asombro al ver las grandes montañas de oro que allí se encontraban, no era gravilla lo que había estado pisando sino piezas de oro, rubíes, diamantes y otros tipos de piedras de gran valor. Se mantuvo escondido un rato mientras el ladrón rebuscaba su saco y cuando lo encontró, con mucho cuidado de no hacer ruido se pegó a este para salir detrás de él sin que se enterase, dejando una buena distancia para que no fuera descubierto, pudiendo así aprovechar la luz de la antorcha del bandido.
Cuando se aproximaban a la salida, el ladrón se detuvo, escuchó nervioso el jaleo que venía de la parte exterior de la cueva y apagó la antorcha. Entonces Alí Babá se quedó inmóvil sin saber qué hacer, quería ir a su casa a por cestos para llenarlos de oro antes de que los ladrones volvieran, pero no se atrevía a salir de la cueva ya que fuera se escuchaba una enorme discusión, así que se escondió y esperó a que se hiciera de noche. No habían pasado ni unas horas cuando escuchó unas voces que venían desde fuera "¡Aquí la guardia!" - ¡Era la guardia del reino! Estaban fuera arrestando a los ladrones, y al parecer lo habían conseguido, porque se escucharon los galopes de los caballos que se alejaban en dirección a la ciudad.
Pero Alí babá se preguntaba si el ladrón que estaba con él había sido también arrestado ya que aunque la entrada de la cueva había permanecido cerrada, no había escuchado moverse al bandido en ningún momento. Con mucha calma, fue caminando hacia la salida y susurró ¡Ábrete Sésamo! Y escapó de allí.
Cuando se encontró en su casa, su mujer estaba muy preocupada, Alí Babá llevaba dos días sin aparecer por casa y en todo el poblado corría el rumor de una banda de ladrones muy peligrosos que asaltaban los pueblos de la zona, temiendo por Alí Babá, su mujer había ido a buscar al hermano de Alí Babá, un hombre poderoso, muy rico y malvado que vivía en las afueras del poblado en una granja que ocupaba el doble que el poblado de Alí Babá. El hermano, que se llamaba Semes, estaba enamorado de la mujer de Alí Babá y había visto la oportunidad de llevarla a su granja ya que este aunque rico, era muy antipático y no había encontrado en el reino mujer que le quisiera.
Cuando Alí Babá apareció, el hermano, viendo en peligro su oportunidad de casarse con la mujer de este, agarró a su hermano del chaleco y lo encerró en el almacén que tenían en la entrada de la vivienda, donde guardaban la leña. Allí Alí Babá le contó lo que había sucedido, y el hermano, aunque ya era rico, no podía perder la oportunidad de aumentar su fortuna, así que partió en su calesa a la montaña que Alí Babá le había indicado, sin saber, que la guardia real estaba al acecho en esa colina, pues les faltaba un ladrón aún por arrestar y esperaban que saliese de la cueva para capturarlo.
Sin detenerse un instante, Semes se colocó frente a la cueva y dijo las palabras que Alí Babá le había contado, al instante, mientras la puerta se abría, la guardia se abalanzó sobre Semes gritando "¡Al ladrón!" y lo capturó sin contemplaciones, aunque Semes intentó explicarles porque estaba allí, estos no le creyeron porque estaban convencidos de que el último ladrón sabiendo que sus compañeros estaban presos, inventaría cualquier cosa para poder disfrutar él solo del botín, así que se lo llevaron al reino para meterle en la celda con el resto de ladrones.
Al día siguiente Alí Babá consiguió salir de su encierro, y fue en busca de su mujer, le contó toda la historia y esta entusiasmada por el oro pero a la vez asustada acompañó a Alí Babá a la cueva, cogieron un buen puñado de oro, con el que compraron un centenar de caballos, y los llevaron a la casa de su hermano, allí durante varios días se dedicaron a trasladar el oro de la cueva al interior de la casa, y una vez habían vaciado casi por completo el contenido de la cueva, teniendo en cuenta que su hermano estaba preso y que uno de los ladrones estaba aún libre se pusieron a buscarlo. Tardaron varios días en dar con él, ya que se había escondido en el bosque para que no le encontraran los guardias, pero Alí Babá conocía muy bien el bosque, y le tendió una trampa para cogerle. Así que lo ató al caballo y lo llevo al reino, donde lo entregó a cambio de que soltaran a su hermano, este, enfadado con Alí Babá por haberle vencido cogió un caballo y se marchó del reino.
Alí Babá ahora estaba en una casa con cien caballos, que le servirán para vivir felizmente con su mujer, y decidió asegurarse de que los ladrones jamás intentasen robarle su tesoro, así que repartió su fortuna en muchos sacos pequeños y le dio un saquito a cada uno de los habitantes del pueblo, que se lo agradecieron enormemente porque así iban a poder mejorar sus casas, comprar animales y comer en abundancia.
Así fue como Alí Babá le robó el oro a un grupo de ladrones que atemorizaban su poblado, repartió sus riquezas con el resto de habitantes y echó a su malvado hermano del pueblo, pudiendo dedicarse por entero a sus caballos y no teniendo que trabajar más vendiendo leña.
Se dice hoy que cuando Alí Babá sacó todo el oro de la cueva, esta se cerró y no se pudo volver a abrir.

ABDULA Y EL GENIO

Abdula y el genio
Abdula y el genio
Allí donde las arenas doradas del desierto lindan con el profundo mar azul vivía una vez un pobre pescador llamado Abdula. Pasaba horas y horas en la playa echando su red al agua.
La mayor parte de los días tenía suerte y pescaba algo. Pero un día la suerte le volvió la espalda. La primera vez que lanzó su red recogió un paquete de algas verdes y viscosas. La segunda, un montón de fuentes y platos rotos. Y la tercera, una masa de pegajoso limo negro.

"Un momento", pensó mientras miraba el fango que chorreaba de la red. "También hay una vieja botella. Me pregunto qué contendrá."
Abdula intentó sacar el tapón. Al fin, después de tirar de él durante un rato, lo consiguió y una bocanada de polvo se escapó de la botella. El polvo se convirtió pronto en humo y tomó diversas coloraciones que empezaron a dibujar una forma: primero una cara, después un cuerpo... La figura creció y creció. En pocos segundos un enorme genio se elevó por encima del aterrado pescador.
—¡Al fin libre! -rugió una voz más potente que el trueno-. ¡Libre después de tantos años! ¡Ahora voy a devorarte!
Abdula apretó la cabeza entre sus manos y gritó:
-¿Por qué? ¿Por qué? ¿Qué os he hecho?
-¡Te cortaré en pedacitos! -exclamó el genio, al tiempo que mataba una bandada de pájaros que pasaba volando por encima de su hombro.
-No lo hagáis, Señor Genio -suplicó Abdula. cayendo de rodillas- No quería molestaros. ¡Por favor, no me matéis!
-¡Te haré trocitos y te arrojaré a los peces! -vociferó el genio, que desenfundó una enorme espada curvada con la que rozó la nariz del pescador.
-¡Tened piedad! -lloró Abdula-¿Qué daño os he hecho yo?
-¡Silencio! -tronó el genio. Gritó tan fuerte que el eco de su voz hizo entrar en erupción un volcán cercano-. ¡Cállate y te diré por qué voy a matarte!
Y sin retirar su espada del rostro de Abdula, el genio comenzó su historia...
-El Gran Sultán Soleimán me encerró en esa botella para castigarme por los maleficios que realizaba en su reino. Me comprimió en esa horrible carcel de vidrio como una ballena prensada en un huevo. Luego la arrojó al mar. He permanecido durante siglos en el oscuro fango. Lo único que oía era mi propia respiración. Lo único que sentía eran los latidos de mi corazón. Mi única esperanza era ser pescado y liberado por un pescador.
Durante los primeros mil años grité: ¡Suéltenme! ¡Suéltenme! A quien me haga salir le otorgaré la realización de tres deseos. Pero nadie me oyó y nadie me liberó.
Durante los mil años siguientes grité: ¡Suéltenme! ¡Suéltenme! Quien me haga salir recibirá Arabia entera como recompensa. Pero nadie me oyó y nadie me liberó.
Durante los mil años siguientes quedé quieto y pensé para mis adentros: Si logro salir alguna vez de esta horrible botella, mataré al primer hombre a quien vea. ¡Y después de él a todos los que me encuentre!
-¡Pero el Sultán Soleimán murió hace casi tres mil años! -gritó Abdula.
-¡Exacto! -replicó con brusquedad el genio-. ¿Te sorprende que esté de tan pésimo humor?
Profirió un gran grito y el agua se puso a hervir en torno a sus tobillos. Levantó su gigantesca espada, que centelleó al sol, y cortó una nube en tiras encima de su cabeza. Luego miró hacia abajo para disfrutar por última vez del espectáculo del rostro aterrado del pescador.
Pero Abdula no sólo no estaba asustado sino que permanecía de pie, con los brazos en jarras, la cabeza ladeada y la cara iluminada por una sonrisa.
-Vamos, vamos, genio -dijo tranquilamente- Deja de tomarme el pelo y dime, de verdad, de dónde has salido.
El suelo tembló cuando el genio inspiró profundamente.
-¿Qué? ¡Tú, gusano! ¡Tú, inmundo bicharraco! ¡Prepárate a morir!
-¡Oh, vamos! Tú bromeas. Menudo cuento. Dime la verdad. Yo estaba distraído vaciando esa vieja botella y no te he visto acercarte.
-¿Qué? ¡Tú, hormiga! ¡Tú, tijereta! ¡Yo he salido de esa botella! ¡Y voy a matar a todo el mundo!
-Pero amigo mío, amigo mío -suspiró Abdula- Tu madre nunca te enseñó a decir mentiras, sobre todo gordas. Basta ver el tamaño de esa botella y las dimensiones de tu cuerpo: tú has salido de esa botella tanto como yo.
Entonces, Abdula, con grandes aspavientos, hizo como que intentaba meter el pie por el estrecho cuello de la botella.
-¡Tú, cucaracha! Tú... tú...
El labio inferior del genio empezó a temblar.
-¡Te digo que he salido de esa botella!
-¡Puafl -se burló Abdula- Entonces demuéstramelo.
Los pelos del pecho sucio del genio empezaron a erizarse y levantó el puño hacia el cielo con rabia. Luego, tras quedarse unos instantes pensativo, se fundió como un pedazo de mantequilla, en todos los colores del arco iris. Después los colores se diluyeron y un chaparrón de humo y ceniza se desplomó sobre la botellita y se quedó encerrado dentro.
-¿Lo ves? -dijo una extraña voz cavernosa desde el interior-¿No te lo había dicho?
Rápido como un relámpago, Abdula sacó el tapón de su bolsillo y lo introdujo en el cuello de la botella. Lo enroscó y lo apretó hasta que quedó bien ajustado.
-¡Eh! ¡Tú, gusano, déjame salir! ¡Déjame salir inmediatamente!
genio en la botella
-¡Oh, no!- dijo Abdula con una sonrisa- Ahí te puedes quedar otros mil años si vas a ser tan desagradable.
-¡No! ¡Por favor, no! Te prometo realizar tres de tus deseos si me dejas salir otra vez. ¡Abre esta botella ahora mismo, hormiga!
Abdula tomó impulso y con todas sus fuerzas arrojó la botella al mar tan lejos como pudo.
abdula genio botella
-¡Te regalaré Arabia entera! -chilló el genio mientras la botella volaba por los aires.
Hizo "plop" al caer al agua. No se oyó nada más, salvo el ruido de las olas que llegaban suavemente a la orilla.
Más tarde, aquel mismo día, Abdula regresó a la playa y colocó un letrero que decía: "Cuidado con el genio de la botella. No pescar." Y se fue con su red bajo el brazo a instalarse en otro lugar de la playa.

CUENTO



Cuenta la historia, que Franz Kafka, se encontró con una niña en el parque al 
que iba a caminar todos los días.

Ella estaba llorando, había perdido a su muñeca y estaba desolada. 
Kafka se ofreció a ayudar a buscar a la muñeca 
y se dispuso a reunirse con ella al día siguiente en el mismo lugar.   
Incapaz de encontrar a la muñeca compuso una carta “escrita” 
por la muñeca y se la leyó cuando se reencontraron: “Por favor no me llores, 
he salido de viaje para ver el mundo. 
Te voy a escribir sobre mis aventuras“

Este fue el comienzo de muchas cartas. 
Cuando él y la niña se reunían, 
él le leía estas cartas cuidadosamente compuestas de aventuras 
imaginarias sobre la querida muñeca . 
La niña fue consolada. 
Cuando las reuniones llegaron a su fin, Kafka le regaló una muñeca. 
Ella obviamente se veía diferente de la muñeca original .

Una carta adjunta explicó: "Mis viajes me han cambiado “

Muchos años más tarde, la chica ahora crecida, 
encontró una carta metida en una grieta desapercibida dentro de la muñeca . 
En resumen, decía:
 "Cada cosa que amas, es muy probable que la pierdas, 
pero al final, el amor volverá de una forma diferente.

martes, 3 de marzo de 2015

PALABRAS PERDIDAS




LIBRO VIRTUAL INTERACTIVO

LIMBO ( LUIS SADRA )

"La sugerencia es: una vez que entren al libro virtual, les recomiendo primero ver las instrucciones de cómo usarlo. Esto lo encuentran en el botón instrucciones, en el extremo superior derecho dentro del libro virtual."

Clic en el enlace para ver el "Libro virtual"

LIBROS DE AMOR PARA NIÑOS

montt
Ilustración de Alberto Montt para el libro El niño en el hotel al borde de la carretera.
“Estar enamorado te hace soñar despierto que alguien quiere atacar a la niña que te gusta y tú vas a defenderla y le rompes la cara al malo”, explica Omar, de 9 años. “Yo siento que no quiero faltar a la escuela porque no lo quiero dejar de ver y odio las vacaciones”, dice Ana Paola, de 10. Los niños se enamoran y para inspirarlos en sus primeras conquistas, estas lecturas sobre el comienzo de las palpitaciones.

Fonchito y la luna
Mario Vargas Llosa
Fonchito quiere besar en la mejilla a Nereida. Ella acepta con una condición que parece imposible. ¿Cómo podría regalarle la Luna? Descubre página a página el plan de Fonchito y la sorpresa que se lleva Nereida. Las palabras de este autor, que siempre escribe para adultos, aquí te parecerán más juguetonas, con una brevedad que da lugar a ilustraciones muy poéticas, lisas y limpias; te darán ganas de pasarles la mano para acariciarlas.
565656.pdf
Yo no soy un conejo
Pepe Márquez y Natalia Colombo
Sí, tiene orejas largas y come zanahorias, pero no es un conejo. Es un zombi que vive en un bonito departamento. ¿Y esa vecina qué es? ¿Le habló a él? ¿Será tambien un zombi? Un libro para leer con los hermanos menores y compartir la emoción de descubrir al otro. Con ilustraciones que enternecerán a todos. 
Márquez_Yo no soy un conejo_Forro.indd
Stefano
María Teresa Andruetto
Después de dejar su casa, en Italia, Stefano empezará de cero, en un país extraño: Argentina. Ahí el paisaje estará hecho de palabras que desconoce. Las conversaciones y los nuevos encuentros expandirán su mundo, e Italia quedará lejos, igual que su infancia. Stefano entenderá que ya no hay marcha atrás, pero hacia adelante habrá alguna niña que animará su espíritu.
stefano
Buenas noches, Laika
Martha Riva Palacio
Esta primera historia de amor no es nada típica, Sebastián no entiende muchas cosas, pero recuerda aquel año cuando los rusos lanzaron al espacio a una perra llamada Laika. Parece oír sus ladridos allá arriba y la ve cavar hoyos negros y beberse la Vía Láctea. Mientras, en la Tierra, él sigue los pasos de Marina, vestida de rojo, en aquella fiesta… los dos dentro de un clóset. Marina, la extraña equilibrista que lo hará preguntarse por qué suceden algunas cosas en el universo, cosas que él hubiera preferido que no sucedieran.
Una vez que empieces a leer esta novela, no podrás parar. Te lo garantizo. Cada palabra está tan bien elegida que sentirás claramente cómo flotas en el espacio y luego bajas a la escuela. Y entre subidas y bajadas te toparás con otro sentimiento, muy distinto al amor, uno que tiene que ver más con el desasosiego, un sentimiento del que casi nadie se atreve a hablar.
Riva Palacio_Buenas noches Laika_Forro.indd
Ka súut naj: Vuelta a casa
Antonio Malpica
Él es un esclavo maya en plena explosión de la Guerra de Castas. Lo encerraron injustamente, no se declarará culpable de un delito que no cometió. Resiste porque piensa en Ofelia. Quiere casarse con ella aunque sus patrones se lo prohíban. Los días transcurren, él le envía cartas. Pero ella no contesta. Una novela breve, triste y poderosa. 
Vuelta a casa
El niño en el hotel al borde de la carretera
Jairo Buitrago y Alberto Montt
Cada año la niña y su familia van a bañarse a la alberca de un hotel al borde de la carretera. A ella le gusta subir al cuarto a escribir poemas sobre los bañistas… pero un día ve a un niño, y ya no querrá escribir ni dibujar nada que no sea de él. Una historia distinta y entrañable, con palabras que suenan a vacaciones, a bulla, pero también a espacios vacíos y a besos que se dan a escondidas. Las ilustraciones son una explosión de rojos y verdes brillantes, con algunos azules, azulejos de la piscina. Las caras de narices grandes y ojos pequeños te harán reír, y la historia de amor tal vez te haga quedarte callado un momento, pensar, cerrar el libro, volver a abrirlo, ver el beso otra vez, la despedida… 
el niño en el hotel al borde
El ladrón de gallinas
Béatrice Rodríguez
Este libro no tiene palabras pero sí muchos paisajes. En uno de ellos verás a un zorro que se roba a una gallina; en otros, una persecución. Un oso y un conejo ayudan a su amigo el gallo a salvar a la pobre gallina y van tras el zorro. Pero fíjate bien en cada detalle y encontrarás otra historia, con un final romántico e inesperado.
Ladrón de gallinas
Cuentos y leyendas de amor para niños
Las lágrimas de Potira, El canto del Chiquirín, Por el amor de Guabonita… Once cuentos, de once países latinoamericanos, llenos de la magia que surge cuando dos personas se encuentran. Argentina, Brasil, Ecuador, República Dominicana, Nicaragua, Perú… en todos las latitudes se cuentan historias de amor.
cuentos y leyendas de amor para niños
Historia de un amor exagerado
Graciela Montes
Todo comienza cuando Santiago Berón, el más pequeño de la clase, ve entrar por la puerta a una niña nueva, Teresita Yoon. Ella es coreana, saluda de otra manera, usa un delantal muy blanco y tiene el pelo muy negro. Santiago siente que las palmas de las manos se le ponen rojas y calientes, que le zumban los oídos y le entran unas ganas terribles de partirle la cara a unos niños que se han reído de Teresita. Unas ganas que irán creciendo y transformándose, que lo harán expresar un amor por Teresita que parece el más grande del mundo. 
amor exagerado

TODA LA DISTANCIA DEL MUNDO ( MARIO ANTONIO FLORES)

Toda la distancia del mundo | Mario Antonio FloresLEER AHORA

MUTE (MARIO FLORES )